domingo, 3 de febrero de 2013

Todos vuelven


Las veces en las que pienso en la vejez pienso en mis padres, en lo que quiero para ellos; y como poco a poco nuestros roles se invertirán irremediablemente. También pienso en mis abuelos. 

Mi abuelita Linda falleció de viejita, ya no veía y tampoco escuchaba. Debo confesar que si bien su partida me entristeció, mas me apenó ver a mi papa tan quebrado. No la había visto en años y tampoco la vi cuando la velaron ni enterraron; preferí recordarla como esa señora de pelo muy blanco que tan cariñosamente me cargaba de aquí para allá, cuando apenas tenia unos meses de nacida. Dicen que, como no veía, caminaba cogiéndose de las paredes; intentando, hasta que las fuerzas se lo permitieron, mantener su independencia. 

Mi tío Julio Ever, el primogenito de mi abuelo Julio Ortiz, nunca gozó de la bonanza económica del papa; sin embargo, eso no impidió que llegara a ser el médico que siempre soñó. No lo paraba ni la noche, salía a la calle con sus libros de medicina a estudiar bajo la luz de los postes porque en su casa habían solo velas que lo dejarían ciego. Para suerte de ambos encontró en Mamita – mi abuela materna – a una hermana más que una madrastra; y, para suerte nuestra, vio en mi mamá a una hermana menor a la que siempre aconsejó. 

Me convertí en la espectadora esporádica de cómo, poco a poco, la leucemia se lo llevó. Aquel hombre fuerte y siempre sonriente se fue convirtiendo en un niño indefenso. Aún recuerdo cuando me dieron la noticia de que ya se había ido. Estaba en mi cama estudiando para mi examen de Teología de la universidad. Llore poco; pero me quede largo rato pensando en si había sido lo mejor para el, para un médico que sabia el significado de las respuestas de su cuerpo a un tratamiento que no hacia efecto. Recuerdo a mi abuela preocupada, sin saber como ir vestida a su velorio; mi mamá temía mucho por su salud cuando recibiera la noticia. Mamita ya tenia problemas de circulación en las piernas, mi mamá la tranquilizó diciéndole que no habría ningún problema si iba con la pierna vendada. 

A Mamita no le gustaban los hospitales. Así se lo hacia saber a mi hermana cuando ella la llevaba; las veces en las que presentaba problemas cardíacos o de la mala circulación que finalmente se la llevó. Literalmente, hasta el ultimo día de su vida fue una mujer independiente: Mama de 3, Madrina de como 20, separada, costurera, casera y cocinera; mi abuela fue el engranaje principal de su casa. Siempre lúcida era realmente lo que se conoce como un “pan de Dios”. 

Sin embargo, esta virtud cambió radicalmente cuando la operaron del corazón. Quizás, la experiencia de ser abierta "como un pollo" - como me decía cuando me enseñaba su cicatriz - la endureció un poco, la hizo mas "achorada". Siguió siendo la misma abuelita engreidora y preocupada por todos, pero ya no se dejaba pisar el poncho por nadie.

Dos infartos más y continuó de pie (el tercero, que decían la mataría nunca llegó), a veces regresando al hospital que tanto odiaba; pero siempre volviendo mas fuerte que nunca. Cuando la obstrucción de las venas de su pierna la mandó a la cama, sus hijos y nietos comenzamos a pensar que quizás serían “chocherias de viejita”. 

Lamentablemente no fue así, junto a la mala circulación y sus efectos; comenzó a impacientarse. De repente incómoda por no poder cambiar su realidad por medios propios y hacer las cosas a su manera. Le empezó a molestar papa Miranda y los cachineros que ya se acomodaban en la puerta de su casa. Se puso de pie; sacándole la vuelta a las venas y arterias obstruidas, pero las malditas avanzaron silenciosas. Hasta que la trombosis la asaltó un día y se la llevó, lo único que agradezco es que se la haya llevado dormida. 

Papa Miranda, un hombre que se curó del alcoholismo por sus propios medios, fue el segundo esposo de Mamita; hasta que la muerte los separo. Jubilado, aún lo recuerdo sentado todos los días leyendo El Comercio, en aquel sillón liso y marrón de la sala de piso a cuadritos en la que vivía con mi abuela. Era grandote y gordito, de una circunferencia abdominal importante  - al menos así lo recordaba de niña -. Conforme fui creciendo, como es natural, me fui dando cuenta que en realidad no lo era tanto. 

Siempre me llamó la atención: su escaso pelo, duro como un cepillo, que peinaba todos los días echándole jugo de limón; la radio del año de la pera, que tenía junto a su cama y que funcionaba perfectamente; el velador que soportaba dicha radio, y que parecía que nunca se había abierto, desatando locas pasiones en mi curiosa niñez sólo por saber que había ahí y, por último, el olor que nunca más he vuelto a sentir y que provenía de su enorme y macizo ropero. Un olor que reconozco como: "olor de viejito".

Papa Miranda gozó siempre de una envidiable salud. Hasta que un día, mientras regresaba de cobrar su pensión, un “choro” de esos que pululaban por las calles de Antonio Bazo y alrededores decidió que quería ser propietario de su lata grandota de café Kirma, – lata que papa Miranda religiosamente compraba todos los meses y que tomaba, también religiosamente, en su enorme taza de metal blanco – Julio Miranda opuso férrea resistencia; hasta que las fuerzas lo abandonaron. Cayó entonces como un gladiador en pleno coliseo y cedió el preciado trofeo al choro que se fue corriendo. 

Caminó hasta su casa, como siempre lo hacía; cuando llegó no pudo más con el dolor. Vicente – el albañil que pensionó por años en casa de mi abuela – lo ayudó a subir a un taxi que lo llevaría al hospital. Nunca más salió a comprar su lata de Kirma, su cadera lastimada nunca quedo bien y usó hasta el ultimo día de su vida un bastón - primero de metal, luego de madera -. En los años siguientes su salud decayó, no solo la física sino también comenzó a tener lagunas mentales; como casi todo en la vida pasa por algo, papa Miranda nunca supo concientemente que su compañera de toda la vida, Mamita, había fallecido. 

Debo reconocer que no lo iba a visitar seguido, solo mi mamá se encargaba de ver por el y por Maria, la señora que había trabajado para la Mamita desde muy joven. Como ya no se pudo dar abasto, finalmente separó a los viejos y cada quien se fue a vivir con sus hijos: Miranda con su hijo Oscar y Maria con su hija Sonia. 

Recuerdo el día en que recibí la noticia de su muerte; ese día había encontrado un departamento para irme a vivir sola. Mi tía Magda llamó a la casa y en el tono lloroso de su voz percibí una pésima noticia. Cuando llegué - con mi mama - a la casa de mi Tío Oscar lo encontramos sentadito; como la muerte lo había encontrado. Estaba solo - como dormido - sobre el sillón marrón de siempre, comiendo una parrillada y con las ventanas abiertas de par en par; entraba un aire muy fresco. 

Siempre me hacía la misma pregunta: “Y la negrita?” la negra era mi abuela, yo solo atinaba a decir: 

“En el hospital, ya va a venir Papa Miranda”. 

A Vicente lo conocí desde que tuve uso de razón. Siempre con su pantalón plomo, una camisa blanca y sencilla, y una chompa en cuello V de color verde; tenia las manos y los brazos muy venosos y la piel de un color cobre muy oscuro. Se aparecía todos los días – a excepción de los domingos – a almorzar en casa de Mamita. 

Con el pasar del tiempo pasó a formar parte de la familia; así fue como, alguna vez, fuimos con mi hermana y mi mama a una pollada realizada por su familia. Siempre me pareció que Vicente era un hombre solitario y sin hijos; quizás por ese motivo duró tantos años como pensionista, aún cuando mi abuela ya no cocinaba para nadie por dinero. 

Lo vi quebrarse el día que Mamita falleció; lo último que supe de el fue que ya no trabajaba ni de maestro de obra ni de albañil, al parecer había sufrido un accidente. Como ya no había quien decidiera el menú o preparara la lista de compras no fue más a la casa de Mamita; así fue como le perdimos el rastro. Si aún esta entre nosotros, debe ser un señor muy mayor y espero que donde este tenga mucha tranquilidad y paz. 

Maria comenzó a trabajar con Mamita desde muy joven y la acompaño hasta el final; juntas eran como Batman y Robin. A pesar de que tiene un solo ojo - perdió el otro cuando era una niña - y problemas en sus piernas, es una viejita muy lúcida y con una extraordinaria memoria. Aún me sorprende la forma en la que yo necesito mi celular para recordar los números, mientras ella los tiene registrados en su memoria interminable y a veces fantasiosa. 

A pesar de su niñez huérfana y triste, la considero una mujer muy determinada y que tiene la suerte de tener lo que yo considero una vejez sosegada; a pesar de la humildad de su realidad. Si bien - luego de la muerte de mi abuela - las cosas fueron duras para ella, ahora vive con su hija y sus nietos, que si bien a veces la joden – como todo nieto en este mundo tiene que joder, en pequeñas dosis – también llenan su vida de compañía, de risas y satisfacciones. 

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Me esguince el tobillo hace un par de semanas y en mis días inútiles de convalecencia me puse a ver varias películas. Dos de ellas “A separation” (Iran) y “Amour” (Francia) tocan el tema de los párrafos anteriores: la vejez, la enfermedad, la muerte, la familia y como todo esto se mueve en una constelación a veces triste, difícil, cuestionadora. 

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“A separation” 

Nader y Simin tienen una hija y están planificando irse a los Estados Unidos en busca de mejorar su futuro; sin embargo, los planes de Nader cambian cuando su padre es diagnosticado con la enfermedad de Alzheimer. Ahora no es tan sencillo tomar la decisión de dejarlo y Simin cree que lo mejor para su hija será llevársela consigo; aunque para ello sea necesaria la aprobación de su esposo y una inminente separación entre ambos.

La vida de la familia cambia radicalmente cuando Nader llega un dia del trabajo y no encuentra a la señora que cuidaba a su padre; al entrar en la habitación del anciano, lo encuentra en el piso desmayado con una muñeca amarrada a la cama.   

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“Amour” 


Anne y George son una pareja de músicos ya mayores que viven solos y felices en Paris, disfrutando de la música y de los conciertos de los exalumnos de Anne – quien también era profesora de piano – tenían una vida sosegada hasta que ella sufre un derrame cerebral que la deja con la mitad del cuerpo paralizado.

Le hace prometer a su esposo que nunca más la llevara a un hospital. Con esta promesa empieza un drama con final inesperado que muestra otra cara – ni mejor, ni peor – de esta, casi siempre, inminente realidad y de cómo cada ser humano la afronta a su manera única y especial.

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