jueves, 31 de mayo de 2012

Una historia de terror

Nota de la autora: Esta es una historia de ficcion, todos los personajes mencionados son imaginarios.

Era un día común y corriente en el aeropuerto, la van de la aerolínea la recogió como siempre. Por más que quiso no pudo dormir, dada la corta distancia que había entre su casa y el Aeropuerto.

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Hacía poco que Susana había empezado a trabajar en el counter, antes había trabajado en atención al cliente pero siempre tuvo en mente trabajar en ese ambiente tan sofisticado donde podía practicar su ingles y otros idiomas de los turistas que por ahí pasaban.

Aunque espero trabajar en una gran aerolínea acepto el puesto que le ofrecieron en la naciente AeroStar ya que tenia vuelos nacionales e internacionales.

Pero no todo era felicidad en su nuevo trabajo, algunas aeromozas la miraban por encima del hombro y eso no le gustaba, por eso se esmeraba en su arreglo personal y en su manera de hablar, en especial cuando lo hacía en algún idioma diferente al español. Otro aspecto que le intranquilizaba eran los agentes de prevención de tráfico de drogas y de la DEA, que deambulaban de incognitos o con sus perros por todo el aeropuerto.
A veces le daba lástima cuando atrapaban a algún burrier, se imaginaba la situación difícil por la que – quizás – atravesaban para llegar al extremo de transportar droga, o lo inmaduros que tendrían que ser para pensar que ese era un camino “fácil” para obtener dinero.

Desde que empezó había visto desde los usuales burros que traen la droga escondida en la maleta – de las formas más ingeniosas -, los que ingieren capsulas de cocaína y que son traicionados por sus propios nervios hasta las personas que aunque inocentes despertaban las sospechas de las autoridades y terminaban con sus maletas destrozadas y los nervios aun mas crispados.

“Pero les reponen la maleta al menos”- le contaba a su esposo Camilo.

Una de las reglas más importantes – entre muchas otras - era que no se podía acercar ni antes ni después a ningún sospechoso, eso la podría perjudicar y hacer ver como cómplice, así que la cumplía al pie de la letra.

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Pero ese día en especial no vio nada sospechoso en aquella mujer de cabello largo que sostenía a un niño pequeño en brazos, estaba dormido, aparentaba tener menos de un año y lo tenía tapado con una colchita celeste.

Si bien no se podía acercar, se entretuvo viéndola con detalle. Tenía el pelo bastante descuidado de un color casi cucaracha, su piel un poco pálida estaba marcada por ligeras arrugas, pero la más pronunciada era la que tenia entre las cejas. Traía un buzo celeste sintético y unas zapatillas blancas, casi nuevas. Su vuelo partia rumbo Madrid y estaba a quince minutos de perderlo.

“Debe renegar mucho o dormir poco, quizás por el niño”- pensó.

Los agentes le quitaron las valijas y las empezaron a revisar, sacaron todo pero no encontraron nada, destriparon las maletas esperando encontrar alguna superficie donde poder colocar el químico que cambiaria de color indicando que se trataba de clorhidrato de cocaína y nada.

Cansados de buscar en las maletas llamaron a un agente de la DEA que se acerco con un perro, a Susana le recordó al perro del programa de los 80’s “Tres por tres” entro muy amigable pero se fue directo a la maleta – guiado en parte por el agente encargado – luego, para sorpresa de todos se abalanzo sobre la señora y el niño.

Susana espero que el niño despertara, sin embargo solo se escuchaban los pedidos de la señora para que le quitaran al perro de encima, por nada del mundo soltaba al bebe que tenía en brazos.

“El instinto maternal”- pensó.

Pero al agente de la DEA le pareció extraño su comportamiento y el hecho de que el niño no se sobresaltara al sentir el peso del perro y los sonoros ladridos que emitió al acercarse.

“Señora deje al niño en la mesa.”

La mujer lo miro y con expresión resignada dejo al pequeño sobre la fría mesa de metal a la que la habían llevado para interrogarla y revisar sus cosas. El agente se acerco y destapo al niño que yacía como dormido.

Susana lamento haber gastado tanto en desayuno ese día en la cafeteria mas fashion del aeropuerto, lamento no haberse enfermado ese día y haber faltado, quizás así se hubiese evitado ver lo que vio y solo habría sido un chisme mas, uno truculento pero chisme al fin. No habría ninguna imagen asociada a el, pero no había nada que hacer.

El niño que aparentemente dormía en los brazos de su madre era el cadáver de un bebe de aproximadamente nueve meses, estaba de alguna forma disecado con una costura que iba desde el inicio del cuello y terminaba debajo del ombligo, lo habían usado de burro y estaba relleno de droga.

Salió del cuarto mareada y pálida, con unas ganas intensas de vomitar pero sobretodo con un deseo inmenso de sufrir de amnesia en ese instante y olvidarse de lo que había visto, pero no pudo. Necesito de un largo rato para recomponerse, pero finalmente lo logro, sin embargo la imagen se le quedo grabada de por vida.

Desde ese día Susana perdió un poco la fe en la humanidad, comenzó a creer que un pedazo del infierno estaba aquí en la tierra y que andaba esparciendo por todo el mundo sus blancas semillas.

Fin.

lunes, 28 de mayo de 2012

Lorenzo - Parte III

“Lorenzo el desayuno ya está listo…” – le decía Pamela
“Ay ya un ratito mas, déjame dormir un ratito mas…” – modorreaba Lorenzo

Se levanto con flojera se puso las pantuflas y se fue al baño. Se ducho y aseo, se puso casi en modo automático el uniforme plomo. Bajo al comedor.

Micaela estaba lista tomando el desayuno, las trenzas que Pamela le había hecho le apretaban tanto que parecía la nieta del señor Miyagui. Graciela supervisaba que Lucas no se quemara con la avena caliente. Benito leía el periódico y comentaba de rato en rato con su esposa.

“Buenos días jovencito, es el mayor y se levanta ultimo” – con los años se había vuelto un poco más duro con Lorenzo, dizque para forjarle el carácter, aunque no se aguanto y le meso el cabello despeinándolo.
“Papa! Ya pues…” – se quejaba Lorenzo
“Mucho gel, mucho gel!”

Llevo a los 3 al colegio, antes de bajar repartió las propinas entre los dos mayores y se encargo de llevar a Lucas que aun estaba pequeño para cargar mochila y lonchera.

“Chau Mica, nos vemos a la salida fea!” – se despedía de su hermanita mientras le jalaba una trenza.
“Y tu mostro… le voy a decir a mi papa que me jalas mis trenzas!”

Don Justino era el conserje del colegio, vivía con su esposa y su pequeño hijo en una casita de triplay al lado del estrado principal que quedaba en el patio. Su esposa también se encargaba de la limpieza general y en sus ratos libres se las agenciaba para vender sanguches de pollo y “marcianos” (helados de hielo), estos eran los favoritos de Lorenzo.

Ese día durante el recreo Lorenzo fue a tocar la puerta de la casa de Justino.

“Seño deme 1 marciano de lúcuma con leche por favor”
“Pasa Lorencito, pasa que estoy con el bebe” – Le dijo María.

La casa era en realidad una caja con huecos en los altos que asemejaban ventanas, un solo ambiente que había sido dividido por cortinas. Lorenzo siempre que entraba intentaba adivinar dónde estaba el baño. La cocina estaba pasando el “patio” de la casa de Justino – que no era más que un par de metros cuadrados donde María colocaba las bateas con la ropa que lavaba. Entro a la cocina abrió la refrigeradora saco el marciano y dejo la plata sobre la mesa.

“Estoy dejando la plata encima de la mesa seño…”
“Ya hijo, gracias.”

Salió de la cocina, cuando se dirigía a la puerta escucho:

“cuac!”

Se detuvo, empezó a mirar a los lados.

“cuac cuac!”
“Seño María, ¿aquí hay patos?”
“Si Lorencito, Justino los ha traído hoy del mercado, para comer dice”

Detrás de unas cajas apiladas estaban dos patitos metidos en una caja de leche Gloria, a Lorenzo le llamo la atención las franjas a los lados de la cabeza de cada patito, le recordaban a las tortuninjas, tenían el pecho amarillo y todo lo demás era de un negro brillante.

“Están bonitos, seño”

Lorenzo salió y se comió rápido el chupete, Vilela el profesor de educación cívica y el encargado de la disciplina de los grados secundarios había tocado ya el pito que indicaba que el recreo había finalizado.

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Jorge Vilela era un "poquito" chauvinista, al menos eso decía Benito cuando Lorenzo le contaba las cosas que les decía cuando les llamaba la atención.

Era usual que en los intervalos entre una materia y otra los chicos del 5to grado se “relajaran”, esto significaba sentarse en el piso y conversar de nada, jugar a tirarse papelitos, rellenar slams o escribir poemas como Lorenzo hacia mientras no lo veían sus amigos. Le gustaba una chica - Pilar - y desde que supo que ella le correspondía no dejaba de escribir, era como una catarsis para ese remolino de sentimientos nuevos que lo embargaban.

Un día mientras reinaba la anarquía en el salón se escucharon los pasos de Vilela, todos los chicos se pararon y Lorenzo guardo rápidamente sus apuntes.

“De pie!”

Comenzaba entonces con su acostumbrado discurso “patriótico”, recordando a los soldados de la guerra del Pacifico, a las mujeres vejadas y a las bibliotecas incendiadas de aquella época.

“Y ustedes que tienen la oportunidad de estudiar se la pasan perdiendo el tiempo!”

Todo mientras caminaba de forma – ligeramente – amenazante, mirándolos a todos por encima de sus amarillentas gafas.

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“Firme! Descanso! Atención!”

Mientras Vilela informaba sobre los preparativos del aniversario del colegio – que se celebraría el sábado de esa semana – unos extraños ruidos irrumpieron en medio del patio principal.

“cuac!”

Intento sin éxito continuar con la descripción de la kermese, de los sorteos y del castillo de fuegos artificiales para cerrar la celebración, ya nadie lo escuchaba.

“cuac, cuac!”

Todos empezaron a reírse, si Vilela hubiera tomado deportivamente la situación quizás ese hubiera sido el único, y extraño, momento - desde que Lorenzo lo conocía- en el que lo había visto reír .

Pero ocurrió todo lo contrario, Vilela rojo de cólera dio rápidamente las indicaciones para que los alumnos retornaran a sus aulas, mientras miraba alrededor para ver de donde provenían los “cuacs”.

Lorenzo y su amigo Divi se quedaron agazapados detrás de los muros del balcón, alzando la cabeza de rato en rato para ver qué pasaba. Así fue que vieron a Vilela entrar a la casa de Justino, aunque no escucharon lo que ahí dentro acontecía se imaginaron la regañada que – efectivamente – le dio a María por tener animales en su casa. Solo alcanzaron a verlo salir con la caja donde Lorenzo imaginaba que estaban los patitos.

Temiendo por el destino de los animalitos busco a Justino en el baño de hombres y le conto lo sucedido.

“Justino si deja a Vilela con esos patos seguro se los lleva a su casa y los convierte en arroz con pato”
“Pero que hago pues Lorencito, no tengo donde ponerlos”
“mmm… creo que los puedo llevar a mi casa, dígale a Vilela que los va a vender al mercado y me los da a la salida” - Lorenzo no había tenido una mascota desde su conejo Brad Pato así que imagino que su papa no iba a oponerse a su decisión.

Así fue como Vilela – aun masticando su cólera – le entrego a Justino los patitos y este a la salida se los entrego a Lorenzo.

“Yo solo te digo que no quiero esos patos ensuciándolo todo en el patio, son tu responsabilidad esa es la única condición para que se queden” – le advirtió Graciela.
“Si se portan mal los cocinamos pues mami” – intervino Micaela.
“Calla monga, a ti te vamos a cocinar …pero las trenzas!”

Pasaron los días y efectivamente Lorenzo se hizo cargo de los patos sin ningún problema. Meses después, Cua cua y Gansito, aquellos lindos y tiernos patitos se convirtieron en patos grandes y gordos. Ambos machos no presentaban ningún problema y vivían en armonía en el patio junto a los pájaros de Graciela.

Hasta que llego el día en que Lorenzo se lastimo el tobillo.

Cuando llego a su casa cojeando del colegio, Pamela se alarmo y llamo a Graciela que aun estaba dictando clases en el turno tarde.

“Pero que paso hijito?”
“Nada mama, jugando a la pelota en el recreo pise mal y me lastime nada mas, no te preocupes” – invento para no decir que se había doblado el tobillo al bajar distraído un escalón, por andar mirando embobado a Pilar.
“Vamos a ver como evoluciona, si no es nada debe estar mejor en unas horas con la pastilla que le he dado”- contesto Benito.

Ya en la noche el tobillo se le había hinchado y cuando lo llevaron al médico este dijo que lo que tenía era un esguince y que había que enyesarle el pie durante quince días para que sane bien.

“Ahora ¿quien va a cuidar mis patos?”
“Yo puedo, papa, yo puedo!”
“Tu estás loca? No quiero que mis patos mueran estrellados por Pamela o que se escapen a la calle y les atropelle un carro.”
“Ya no te pases Lorenzo, dale una oportunidad a tu hermana”- finalizo Benito.

Al principio Micaela se hizo responsable de los patos con mucha dedicación, pero con el tiempo fue aflojando y “engriéndolos” demasiado.

Una tarde en que Lorenzo descansaba en su habitación – caminar con yeso requería mucho más esfuerzo – oyó unos estruendos en el patio.

“cuac! Cuac! Cuac!”

Micaela había dejado a los patos fuera de su jaula, Cua cua y Gansito no encontraron mejor actividad que comerse el pasto mientras ensuciaban todo el patio. Todo el jardín era una piscina de lodo y regalitos de los patos.

“Micaela mete a los patos en su jaula sino le diré a mi papa cuando llegue!”
“Pero no caben están todos apretados en esa jaula, no es mi culpa ya?”
“Tiene razón Lorenzo, esos patos están muy grandes hay que ponerlos en un lugar donde estén libres y puedan andar a sus anchas” – le dijo Pamela.

Lorenzo se dio cuenta que tenía razón y esa noche lo converso con sus papas.

Ningún tema relacionado a sus hijos era poca cosa para Benito así que le propuso conversar con un amigo suyo de Lima, que trabajaba en el parque de las leyendas, quizás ahí podrían estar mejor atendidos con otros animales y en un lugar más apropiado. Al principio a Lorenzo le dio un poco de pena separarse – nuevamente – de sus mascotas pero luego entendió que era lo mejor.

Así fue que al día siguiente se comunico con Rodrigo que también era veterinario, este acepto la propuesta, pero le dijo que no le aseguraba que los animales se acostumbraran al ambiente o al clima, sin embargo le tranquilizo diciendo que las probabilidades de que asimilaran el cambio eran bastante altas.

“Lo vamos a llevar juntos a Lima, tengo que ir un par de días y podemos pedir una licencia en tu colegio para que me acompañes”
“Y mi yeso?” – le contesto Lorenzo mientras se miraba la bota toda llena de autógrafos de sus amigos de colegio y garabatos de Micaela y Lucas.
“Te lo quitan en un par de semanas, ahí vamos, no te preocupes.”

Durante ese tiempo Pamela, con el consentimiento de Benito y Graciela, permitió que los patos estuvieran en el patio todo el tiempo que quisieran, total igual tendría que reponer sus flores, limpiar y colocar el pasto nuevamente.

Cua cua y Gansito como presintiendo su partida hacían más ruido que de costumbre – y mas desastre – como para llamar la atención de Lorenzo y Micaela.

Cuando llego el día del viaje, cada pato fue ubicado en una caja grande y fueron dispuestos en la parte de atrás de la camioneta de Benito, Lorenzo se sentó en el asiento de copiloto y juntos emprendieron el viaje que tomaría unas 16 horas de Cajamarca a Lima. Pararon solo para desayunar y llegaron a Lima al mediodía.

Lo primero que hicieron antes de instalarse en el hotel – e incluso almorzar – fue ir al Parque de las Leyendas donde los esperaba Rodrigo.

Lorenzo imagino que todo demoraría el tiempo suficiente para acostumbrarse a la idea de dejarlos pero todo sucedió muy rápido.

“Benito! Como estas compadre, este es tu hijo? Que grande estas Lorenzo”
“Si hermano tengo 3, Micaela y Lucas están en Cajamarca, hemos venido solo los dos. Saluda hijo”
“Como esta señor, donde los va a poner a mis patos?”
“Hay un estanque donde van a estar bien cómodos y un área donde pueden caminar como quieran, no te preocupes van a estar bien atendidos acá.”

No hubo necesidad que entraran al parque, Rodrigo había traído su camioneta, cargo cada caja conteniendo a Cua cua y Gansito, que lucían algo nerviosos.

“Bueno hermano, a ver si nos vemos antes que regreses pues, con la gente de la promoción”
“De acuerdo Rodrigo te dejo mi tarjeta avísame nomas y lo coordinamos”
“Cuídate Lorenzo, no te preocupes por tus animales”
“Está bien señor, hasta luego”
“Chau.”

Rodrigo subió a su camioneta, arranco y comenzó a avanzar por el estacionamiento del parque, Lorenzo como impulsado por la nostalgia comenzó a seguirlo, primero caminando y luego corriendo como podía – aun no se acostumbraba a caminar sin el yeso – luego se detuvo, quizás por la vergüenza de expresar esos sentimientos en frente de su padre – ya no era un niño -o por que le empezó a doler el tobillo por el esfuerzo.

“Tranquilo hijo, van a estar bien, has tomado una buena decisión hijito.”
“Si estoy bien papa, estoy bien.”

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Un año después, Lorenzo regreso a Lima para estudiar Veterinaria en la San Marcos, junto a Divi que estudiaría Derecho en la misma universidad. Decidieron un fin de semana ir al parque para saber que había sido de los patos de Lorenzo.

Se acercaron al estanque de los patos, había muchos nadando contentos, si bien no reconoció ni a Cua cua ni a Gansito, uno de los patitos se salió del estanque y se acerco a la reja que separaba a los animales de las personas, saludándolos con un “cuac cuac!”.

“Oye Lorenzo, ahí está pues ese debe ser tu pato” – le dijo Divi con un poco de sorna.
“No seas palomilla pues Divi…la verdad no lo sé, pero me parece que este hasta me está sonriendo.”

Fin.

martes, 24 de abril de 2012

¿Quien llamo a la cigueña? (Baby Boom 1987)

Es el titulo de una de mis películas favoritas de Dianne Keaton, ella encarna a J.C. Wiatt una ejecutiva neoyorkina adicta al trabajo que recibe una herencia muy extraña, una bebita llamada Elizabeth que queda huérfana luego de perder a sus padres – primos de J.C. – en un accidente.

Al principio J.C. decide darla en adopción pero luego se activa en ella su instinto maternal – o de protección- lo que le hace imposible separarse de la bebe. Su pareja la abandona y tiene que enfrentar las dificultades de repartir su vida entre un trabajo demandante y ser mama primeriza.

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Ayer en la visita que hice a una amiga - que esta a punto de dar a luz – nos pusimos a conversar sobre la maternidad. Ahí estábamos 3 mujeres solteras en sus cercanos 30’s – lejanos 20’s – junto a la futura mama disertando que era lo que queríamos en el futuro respecto a ese tema que se vuelve mas titilante, la maternidad.

Por una lado teníamos la idea de la adopción, la idea de dar hogar a alguien que no habia tenido la oportunidad de gozar de uno. También fue mencionada la inseminación artificial, descartada por su alto costo – altísimo en nuestro país.

De las 2 opciones antes mencionadas consideramos – considere - varias preocupaciones importantes: Si no sabes nada de la genética del niño adoptado, o del donante ¿Cómo aseguras que no tenga antecedentes de enfermedades mentales o degenerativas?, si adoptas un niño ¿es posible saber como fue el proceso de gestacion? Y si este fue muy traumatico ¿Esto podría a largo plazo influir en el desarrollo del niño?

Tambien estaba la opción de tenerlo con un amigo, conocido, etc, o de postergarlo por conseguir otros objetivos – si se trata de una pareja objetivos en común – siendo estas opciones de las mas económicas, seguras y menos dificultosas – a mi parecer.

Pero:

¿Qué hay con el reloj biologico?

Vamos que soy mujer, asi que como comprenderán esto que escribo lo hago desde el punto de vista femenino. Conozco hombres que han tenido hijos pasados los 40 pero en el caso de las mujeres, esto no es tan sencillo. Mas aun si existen riesgos mientras mas uno espere para encargar un bebe.

A esto hay que agregar la creciente presión de la sociedad – comprendida por amigos familiares, compañeros de trabajo – deslenguada y metiche que se atreve a preguntar ¿Y cuando?

Creo que la concepción, para el hombre y la mujer, es algo que no puede ser alcanzado por si solo, es la única cosa que no es posible realizar en solitario – a menos que apliques uno de los métodos antes mencionados. Aunque de todas formas es necesario un donador y un receptor. Suena fácil pero alrededor hay un universo entero de factores desde los sentimentales hasta los económicos y culturales, religiosos y eticos.

Entonces si esto es asi, si no depende de uno, si se trata mas bien de un proceso de búsqueda y conocimiento que tiene como objetivo - ulterior, porque no andas por la vida buscando un "padre para tu hijo", precisamente - la elección del espécimen que elijas para compartir genética, entonces:

¿Por qué la gente se mete?

He llegado a la conclusión – no se si correcta - de que es la respuesta primitiva a querer que todos formemos parte de un mismo grupo, sin dejar de lado el hecho de que desde tiempos inmemoriables el ser humano busca perennizarse en el tiempo a través de la descendencia. 

Y lo mas ironico de todo es que la mayoría de mujeres en sus 30s, hace 10 años tenia miedo de salir embarazadas y ahora solo poco tiempo después tenemos al menos un grupo de nuestro entorno como aficionados expectantes a ver ¿Para cuando?

Yo creo que en la vida no hay timeouts – el único es cuando estiramos la pata - , siempre se puede empezar, siempre. Y nadie tiene el derecho de cuestionar el tiempo que le tome a una persona incursionar en un aspecto tan importante, sean los padres, los hermanos o los mejores amigos. 

Sobretodo en un tema que no solo depende de el/ella.

sábado, 7 de abril de 2012

La muerte y la doncella - Roman Polański (1994)

La verdad no recuerdo cómo fue que llegue a saber de esta película, quizás el tema – interesante para mí  - hizo que la buscara y rebuscara en Internet, hasta que hoy la encontré.

La muerte y la doncella narra la historia de Paulina Escobar, una mujer que en su juventud – la cual transcurre durante la dictadura de “algún” país latinoamericano – es capturada y torturada. Luego de ese episodio funesto se casa con Gerardo, activista y director de un diario opositor a la dictadura, a quien ella nunca delata a pesar de las vejaciones a las que es expuesta.

Caída la dictadura Gerardo asciende escaños en la política llegando incluso a tentar un puesto importante dentro del gobierno. Sin embargo, Paulina sufre permanentemente al sentir que su esposo se pierde en la espiral política y no hace nada por sacar a la luz los casos de tortura –en especial el de su esposa – mientras vive prácticamente en el anonimato y con un temor que no desaparece.



Es así como una noche lluviosa, Gerardo es auxiliado por un hombre que lo lleva hasta la casa donde lo espera Paulina. Al escuchar su voz, ella se da cuenta de que el buen samaritano es uno de sus torturadores, Roberto Miranda aquel que la violaba mientras escuchaba “la muerte y la doncella” de Schubert.

En un primer momento ella decide huir atemorizada, pero luego regresa con la misión de cobrar venganza – o justicia – hacer que el confiese sus crímenes.

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Uno de los cursos más gratificantes que lleve durante el ciclo en el que intente seguir Periodismo como segunda carrera fue Ética, el profesor era el decano de Estudios Generales Letras en aquellos tiempos, Fidel Tubino.

Lo que más me gustaba eran los debates, y uno que recuerdo de forma particular fue aquel en el que el profesor deslizo la siguiente pregunta:

"¿La tortura es válida? ¿En qué casos es aceptable? ¿En qué casos no?"

Como era de esperarse todo el mundo quería dar una opinión, chicos de primeros ciclos en sus efervescentes 19 o 20 años, tenían las palabras e ideas saliéndoles a borbotones. Yo decidí callarme y escucharlos.

“Si es para salvar la vida de mucha gente yo creo que sería válido” – dijo uno.

“¿Y qué número de personas seria el adecuado para que la tortura sea el método valido para obtener información o alguna confesión?” – repregunto Tubino.

Silencio absoluto.

En las prácticas de ese curso, que a diferencia de Generales Ciencias parecían más laboratorios de opinión, leíamos a Kant, Hannah Arendt y estudiábamos sobre la moral, la metafísica de las costumbres, el imperativo categórico y el mal radical.

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Siempre me ha interesado el tema de los derechos humanos – estudios sobre género, etc. - y por épocas me interesaba en investigar acerca de alguna dictadura y sus mecanismos de persecución y tortura, por la época en la que lleve el curso de Ética me llamo la atención la dictadura chilena.

Conocí a Víctor Jara un músico que durante el golpe de estado fue capturado y golpeado hasta la muerte para finalmente ser ultimado con un disparo en la cabeza. También conocí la historia de las familias de los desaparecidos, los que muchas veces eran reconocidos décadas después por las esposas o por los hijos. Supe de las historias de mujeres torturadas y quebradas en su más intima esencia, que delataron a sus compañeros de ideas y a muchas otras que fueron asesinadas durante la dictadura de Pinochet.

También investigue sobre algunos torturadores, en especial sobre cómo fueron durante y después de la dictadura. Algunos trabajaban como personas probas en instituciones del estado, otros como Osvaldo “el guatón” Romo habían sido capturados y ya estaban cumpliendo sus condenas.

De todas, la historia de OsvaldoRomo fue la que más me impresiono, de forma particular escuchar una entrevista que cedió – ya preso – en el año 1995 a un canal de Miami.

En ella no solamente dio una macabra clase de tortura, contando con el más sosegado detalle las partes del cuerpo del ser humano – en especial de las mujeres - que eran más sensibles a la electricidad sin provocar la muerte. La forma de golpear sin dejar marcas y el final de los cuerpos de aquellos que no soportaron más las atroces vejaciones de las que eran víctimas.

Y lo más increíble era que en su voz, en sus palabras no cabía el menor atisbo de arrepentimiento, creía que era un trabajo sucio que alguien tenía que realizar por el bien de todos. Fue así que elegí a Osvaldo Romo como ejemplo de mal radical en una de las prácticas de aquel curso de Ética.

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Puede sonar extraño pero creo que la tortura afecta en gran medida a ambas partes. No solo rompe a la persona que recibe la agresión en su núcleo mas interno, también deforma de forma profunda e irreversible la visión del torturador acerca de la humanidad, de la piedad, del bien, trastorna su visión del poder y lo lleva al nivel mas deshumanizado posible.

El torturado vive con esa horrible experiencia durante toda su vida y su verdugo las lleva igual aunque aumentadas por la culpa, una enorme culpa que – a veces – trata de maquillar con un cinismo absoluto. A veces maquillar – o callar - la propia conciencia puede ser igual de insoportable.

Finalmente sobre la búsqueda de justicia – o venganza – pienso que a veces lo primero es más difícil de alcanzar que lo segundo. No obstante la búsqueda incansable de venganza – ojo por ojo, la ley del taleon, pena de muerte, etc. – nos acerca más a aquello de lo que justamente queremos escapar o dejar atrás para seguir viviendo.

domingo, 1 de abril de 2012

Lorenzo - Parte II

Estaba toda la familia política de Graciela sentada alrededor de la mesa. Habían llegado de visita, no solo para conocer su nueva casa sino para acompañarla en su nuevo estado de gravidez.

Luego de desayunar se quedaron conversando – haciendo la “sobremesa” si el termino cabe para el desayuno. Después de recogerlo todo y lavar los platos, Pamela cogió la bolsa del mercado y aprovechando que estaba la señora en casa decidió solucionarse el problema de pensar “Que cocinare hoy?”:

“Señora que traigo para el almuerzo?”

“Trae conchas para hacer un ceviche y pollo para hacer un sequito” – resolvió Graciela.

La pequeña Micaela que contaba ya con 4 años e iba al nido, donde aprendía cada cosa, se acerco con paso seguro donde lo mayores conversaban y a pesar de que con las justas llegaba al ras de la mesa intervino con una pregunta:

“Mama, ¿esas son las conchas de sus madres que dicen?” – provocando las carcajadas de todos.

Resulta que, luego de evaluarlo con Graciela, Benito decidió que con una familia de seis - mas Pamela - era imposible continuar de nómades por todo el Perú, aunque la última campaña haya durado poco más de dos años. Además, si se asentaban, Graciela podría ejercer como maestra, dado que antes se había dedicado única y exclusivamente al cuidado de Lorenzo y de Micaela.

Se asentaron en Cajamarca, donde el podría trabajar de veterinario y cerca a la familia de ambos.

Para suerte de Graciela, había conseguido un puesto de maestra en un colegio cercano a casa donde Lorenzo empezaría la secundaria y Micaela el nido. Ahora, esperando a su tercer hijo la cercanía de todo le facilitaba un montón la vida.

Lorenzo tenía 12 años y seguía siendo un chico obediente pero siempre inquieto por conocer cosas nuevas, el tema de las chicas aun no lo alborotaba – a pesar de que alguna amiguita lo hacía sonrojarse de vez en cuando – pero lo que si le atraía eran la naturaleza y los animales. 

Ahora que sabía que ya no se moverían como antes insistía con el tema de adoptar un perrito o un gato, pero con otro hermanito en camino, ambos padres habían decidido que un animal corriendo por la casa no era lo más indicado, así que le pidieron esperar.

Pero un día papa llego con un par de conejos blancos, macho y hembra. Resulta que en una de sus visitas medicas, luego de pagarle por sus servicios, Rosa – una chinita diminuta esposa del administrador y dueño de una granja donde Benito atendía a las vacas, terneros y demás animales – no encontró mejor forma de agradecer su buen trabajo, que regalándole un saco de tomates de su chacra y esos dos conejitos.

Como no podría ser de otra forma, Benito acepto contento el obsequio y al llegar a casa decidió que su lugar estaría en una jaula en el patio trasero y su hijo mayor sería el encargado de cuidarlos, limpiarlos y alimentarlos. Al menos esa fue la condición, para que no terminaran en el mercado - o en la olla. Mientras Lorenzo se comía los tomates con un poco de sal decidió bautizarlos como Pochita y Brad.

Pero como todos los conejos, estos no tardaron en hacer “travesuras” – como decía Pamela – y de un momento a otro y sin que nadie se diera cuenta empezaron a multiplicarse como los panes y los peces. Primero fueron 3 crías pero después de unos meses ya eran 10 conejos en la jaula.

“¡Hay que hacer algo con esos conejos!”- exclamaba Graciela ya cercana a dar a luz.

“Si, hay que comerlos” – Le contestaba Benito.

Ambos padres decidieron entonces decirle a Lorenzo que solo se podía quedar con un conejito, y que los demás “los regresarían” a la chacra de la señora Rosa donde podrían correr libres y seguir multiplicándose sin problemas.

Para el pequeño – que ya no lo era tanto – no fue difícil tomar la decisión. Ya era complicado mantener a los conejos limpios y alimentados,  además los fines de semana ya no podía jugar todo lo que quería porque Pamela solo le ayudaba los días de colegio.

Escogió al más pequeño y feo de todos. Los demás conejos eran blanquitos o con motas negras pero “Brad Pato” – como lo bautizo – era gris y el nombre se le ocurrió de unos de los cuentos de Micaela El patito feo.

Así fue como Brad Pato se quedo solo en su jaula, a el se le unieron – en otras jaulas – algunas aves y cuyes. Estos ya no eran responsabilidad de Lorenzo, los pajaritos eran de Graciela y los cuyes los había traído Benito para comérselos cuando estuvieran gorditos, así que estaban por ahí de paso.

Pasó un año y el conejito ya era un animal adulto, los cuyes habían pasado a mejor vida y ahora vivían al lado de Brad Pato unas gallinas que a veces ponían huevos y que su papa había traído para lo mismo que los cuyes.

Pamela que no quería saber nada de gallinas, gallos o pollos deambulando por la cocina pidió permiso para poner una reja de madera que les impidiera entrar y ensuciarlo todo. Aunque la verdad también estaba pensando en la seguridad de las gallinitas.

Todo parecía tranquilo en la pequeña granja, hasta que de un momento a otro Brad Pato comenzó a actuar de forma errática,  ya no estaba contento con la zanahoria o la comida para conejos que le traían, ahora mordía todo lo que encontraba a su alrededor, la malla de la jaula, la madera, las flores cuando salía a pasear, parecía un poco molesto e intranquilo. A Lorenzo no se le ocurrió y a Benito se le olvido, que los conejos alcanzaban su plenitud sexual a partir del año de vida - ósea al conejito ya le tocaba.

Y nadie se dio cuenta, hasta que un domingo los primitos de Lorenzo, que habían ido de visita a la casa, decidieron abrir las jaulas para conocer – jugar – con los animales que allí descansaban. A Lorenzo no le gusto la idea, tenía claro que los animales no eran para “jugar” pero acepto con la condición de que no los estuvieran cogiendo o asustando.

Salieron pues las gallinas y Brad Pato, que al principio estaba un poco receloso y no quería saber nada con los extraños. Después de un ratito ya estaba corriendo, dejándose acariciar y dar de comer por Cintia, prima de Micaela.

De repente, le dio por corretear a las gallinas. Primero tímidamente pero luego las hizo cacarear asustadas. Lorenzo no hizo nada hasta que se dio cuenta de que estaba aplastando a una de ellas montándosele encima. Lo cogió sin entender lo que pasaba y lo regreso a su jaula,  lo mismo hizo con las gallinas.

Pero al poco rato Micaela y su prima lo volvieron a sacar mientras Lorenzo manejaba bicicleta con sus primos en el parque, lo llevaron a la sala donde estaba Benito y su hermano Sebastián. 

El conejo estaba intranquilo y no les hacía mucho caso, así que luego de un momento las niñas se fueron a jugar con las muñecas al patio y olvidaron al pobre Brad Pato.

Primero se quedo quietecito a los pies del sillón mas grande, acostumbrándose un poco al nuevo escenario – casi nunca entraba a la casa – veía a los dos hombres conversando y riéndose, comenzó entonces a sentir un deseo irrefrenable dentro de su cuerpo, un deseo por la “cosa” que se movía en el hombre, pero no del que veía siempre cuidando a las gallinas, sentía un atracción por la “cosa” que se movía en el hombre nuevo.

Sebastián sintió un peso y cuando se dio cuenta Brad Pato estaba encaramado en su zapato, moviéndose tan frenética y repetidamente que parecía en trance.

“¡Carajo que le pasa a este conejo!” – Exclamo, mientras Benito le quitaba al animal de encima y se desternillaba de la risa.

Graciela apareció con Lucas – el último hijo de la familia – que se acababa de despertar.

“Benito que hace este conejo en la casa, su lugar es afuera, pero que…que paso?”  - preguntó cuando vio que Pablo se limpiaba el zapato con un pañuelo - un pañuelo del que probablemente iba a deshacerse.

“Si, no sé que hace acá, Micaela debe haberlo sacado. Al conejo le llamo la atención Sebastián eso es todo.” – decía Benito en tono sarcástico.

“Ya oye no seas gracioso que te voy a traer a mi perro… Benito ese conejo quiere una coneja, no seas malo pues, cómprale una parejita” – alcanzo a decirle.

Regresaron a Brad Pato a su jaula y al día siguiente Lorenzo y Benito fueron a visitar a la señora Rosa. Ella tenía – aparte de sus vacas y terneros – un criadero de conejos, así que quizás ahí podrían encontrar la solución definitiva a la necesidad que lo aquejaba.

La chinita – como le llamaba Benito – tomo al conejo y lo metió en una jaula donde estaba una coneja, para ver su reacción ya que nunca había estado – ni cerquita – a una. Al principio Brad Pato no le hacía caso pero luego de un rato la empezó a corretear de forma desesperada, la coneja no se la dejo fácil, lo hizo corretear un buen rato hasta que por fin la atrapo. Se unieron por unos minutos y cuando terminaron Brad Pato cayo como fulminado por un rayo.

“Que paso papa?” – Pregunto Lorenzo

“No sé, a ver espérate un rato” – le contesto mientras se acercaba a la jaula para revisarlo.

“No déjelo, déjelo un ratito” – Decía la chinita con una sonrisa un poco cachosa.

Brad Pato se levanto al poco rato y volvió a corretear a la coneja, volvió a hacer todo con la coneja y a desmayarse una vez más. Entonces  Benito se llevo a Lorenzo que comenzaba a ver de forma diferente a su conejito, ya no le parecía más un tierno conejito y Benito no quería explicarle porque el conejo estaba tan pizpireto.

“Si quiere me lo deja, doctorcito, necesito un conejo así para mi granja, le voy a pagar bien. Usted diga nomas” – le dijo Rosa.

“Es el conejo de mi hijo, que dices Lorenzo? Dejamos a tu conejo?”

“Si papa, si aquí es feliz y lo cuidan que se quede pues, nomas que lo pueda visitar y ya.” – sentencio.

“Esta todo un jovencito su hijo, doctor, claro que lo puedes visitar Lorencito, cuando quieras.” – contesto la chinita mientras los acompañaba a la salida.

Y así fue que el pequeño - y feo - Brad Pato pasó de ser un solitario conejo a ser el Rocco Siffredi de la granja, el causante de que nunca le faltaran conejos que vender a la señora Rosa.

lunes, 26 de marzo de 2012

Lorenzo - Parte I

Graciela y Benito siempre estuvieron de acuerdo en motivar al cien por cien el espíritu investigador de Lorenzo, su primogénito de 7 años. Pero cuando su pequeño “Indiana Jones” comenzó a destruir la mitad de la casa y a atentar contra su integridad física – como cuando metió la cabeza dentro de un hueco del inmenso jardín que rodeaba la casa y le picaron las arañas y felizmente ningún murciélago rabioso - decidieron que era momento de tener otro hijo con el que pudiera jugar y disipar toda esa energía que traía dentro.

Y así fue como llego Micaela, de pelo negro y ojos verde aceituna como la madre, aun era muy pequeña para jugar con Lorenzo, aunque el creyera todo lo contrario. Una tarde en la que ambas descansaban entro cauteloso a la habitación y de puntillas le dejo un regalo.

Los gritos de Graciela despertaron a Micaela y alarmaron a Pamela, la chica que les ayudaba en las cosas de la casa. Un puñado de tierra, gusanitos y chanchitos que abundaban en el jardín formaban parte del extraño obsequio.

Esa noche ambos padres conversaron sobre qué hacer, el trabajo de Benito – veterinario de profesión - los obligaba a transitar por varios lugares del Perú en los que realizaba largas campañas de distribución de medicinas para ganado que la empresa en la que trabajaba producía. Vivian hace año y medio en Tarma y sin bien era cierto ya se habían acostumbrado casi siempre aparecía un nuevo destino y quizás esa era la causa de la hiperactividad del pequeño, no hacía muchos amigos –siempre tenía que hacer nuevos - y pasaba su tiempo entre la escuela, sus expediciones en el jardín y cuanta cosa llamara su atención.

Lorenzo encontraba divertido pasar el tiempo cuidando y regando las plantas del pequeño huerto de la casa y jugando – a veces - con los animales de las granjas que su papa visitaba. Es por ello que cuando regreso del mercado con Pamela trayendo consigo una caja de leche Gloria llena de pollitos, Graciela no dijo nada y supuso que Benito tampoco se opondría. Ya era responsable con las plantas, nunca las destruía, y por el hecho de estar viajando de un lugar para otro era imposible tener un perro o gato como mascota.

“Mira mama, mira Micaelaaaaaaaaaa, mira mis pollitos” – repetía mientras corría presuroso al cuarto de su hermana, donde Graciela la amamantaba.

“Y como se van a llamar hijito”

“mmmm… no se… ¡ya se! se llamaran: uno, dos, tres y cuatro, les voy a poner su agüita y periódico para que sigan calientes y le diré a mi papa que traiga comida para pollitos” – contesto emocionado.

Pasaron los días, las semanas y los pollitos empezaron a crecer, de tiernas bolitas de algodón amarillo pastel pasaron a ser pollos medianos con acaso algunos pelos amarillos que cubrían sus rosados y carnudos cuerpos. Caminaban errantes por la casa en las horas en que Lorenzo iba a la escuela y corrían desesperados cuando veían aparecer a Micaela que ya daba sus primeros pasos por toda la casa.

Una noche mientras les daba de comer, Lorenzo se dio cuenta que Tres no aparecía por ningún lado, recorrió el jardín y el huerto pero no lo encontró.

“Pamela has visto a mi pollito, no encuentro a Tres” – le preguntaba con carita de preocupación.

“No, Lorencito no he visto nada”- le contesto mientras picaba la manzana para el quaker del día siguiente.

Le pregunto a su mama y espero que su papa regresara del trabajo para contarle de la extraña desaparición de su pollito. Nadie sabía nada. Intranquilo y algo triste se acostó, esperando que al día siguiente apareciera.

A los días, su condición de niño le hizo olvidar en algo a Tres, a veces se acordaba de él pero sus papas y Pamela cambiaban el tema de inmediato o le proponían salir a regar un rato el huerto, o caminar un rato con Micaela por el jardín.

Se acercaba el cumpleaños de Lorenzo, y como casi todos los niños morían por la torta de chocolate. Pamela le prometió preparársela para esa fecha.

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Cayo un día de colegio y Pamela se levanto temprano para preparar los sanguches, los refrescos y terminar de decorar la torta que le llevaría a la escuela para que sus amiguitos le canten Happy Birthday.

Pamela era una joven de unos 24 años, delgada y pequeña. Traía el cabello largo todo hecho trenzas – las mismas que intentaba replicar en la cabeza de Micaela - , sus ojos eran medio chinos y su piel canela.

Andaba de un lado a otro por la cocina, picando el apio, sancochando y deshilachando el pollo, preparando la mayonesa de leche. Los refrescos serian de chicha – la bebida favorita de Lorenzo – y la crema de chocolate estaba enfriando, esperando cubrir el queque.

Viendo que ya se acercaba la hora en que todos despertarían apuro el paso y decidió trapear el piso de la cocina, sucio por todo el ajetreo y lleno de regalitos de Uno, Dos y Cuatro. Abrió la puerta para echar en el jardín el agua sucia de limpiar y se dio la vuelta rápidamente cuando vio que la piña que había puesto a hervir para agregar a la chicha se estaba rebalsando de la olla.

Escucho un “pio” que se perdió a lo lejos y cuando quiso ver a los pollitos solo encontró 2, Uno no estaba.

“Ay mamacita, no, no, no puede ser” – repetía, mientras movía la mano de arriba abajo con nerviosismo y se llevaba la otra al pecho.

Abrió la puerta y en el jardín, fulminado por el portazo yacía Uno sin vida. Una sensación de malestar general se apodero de ella, no por los pollos sino por lo que significaban para Lorenzo, lo que menos deseaba era que en su cumpleaños tuviera la tristeza de saber que otro de sus pollitos tan queridos había “desaparecido misteriosamente”.

“Tengo que ser más cuidadosa con esa puerta, ahora como voy a salir de esta” – Pensaba mientras cogía al pollo, lo envolvía en papel periódico y lo metía en una bolsa negra.

Fue a la zona donde a Lorenzo lo habían picado las arañas – lugar prohibido para él desde entonces – quito la roca que tapaba el hueco y lo arrojo lo más lejos que pudo. Cuando había ocurrido el incidente de las arañas se había dado cuenta que el hueco era la entrada de una pequeña cueva así que tuvo la seguridad de que difícilmente podrían encontrarlos.

Para su tranquilidad, Lorenzo estuvo tan emocionado que no se percato de que solo deambulaban por ahí Dos y Cuatro.

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Lamentablemente ese desconocimiento duro poco, nuevamente la tristeza y la preocupación nublaron la carita de Lorenzo, aun mas porque ya estaba de vacaciones y notaba la nueva ausencia. Decidió entonces tomar una medida desesperada, no separarse de los pollitos, andaba de acá para allá con una caja donde cabían holgadamente Dos y Cuatro.

Una tarde, Benito fue a visitar a un compañero de la universidad que se había asentado en Tarma. Habían coincidido en una feria de productos alimenticios para ganado y habían quedado en verse. Víctor, así se llamaba, tenia 2 hijos que podrían hacer amistad con Lorenzo. Así que se montaron, padre e hijo – más dos pollitos – en la camioneta verde y partieron.

La química entre los chicos fue inmediata y se la pasaron jugando toda la tarde. Hugo e Iván – hijos de Víctor – tenían un pastor alemán que era muy sociable y mansito, Lorenzo se preocupo al principio por la seguridad de sus mascotas  pero al final se dio cuenta que el mas asustado era el perro.

Entablaron una amistad y regresaron innumerables veces, casi tanto por la amistad de los hijos como la de los padres. En una oportunidad, justo antes de partir en la camioneta verde, Benito le comento a Lorenzo una noticia que lo entristeció.

“Hijo, ¿te acuerdas de Peter el perro de Hugo e Iván?”

“Si papa ¿porque?”

“Porque ha estado muy enfermo, deben estar realmente tristes”

“Les llevare a mis pollos para que se alegren.”

Cuando llegaron a la casa de Víctor, nadie salió a recibirlos – como las veces anteriores – estacionaron y tocaron la puerta. Abrió la esposa de Víctor.

“Benito, anoche Peter se puso muy mal y pues…hoy en la mañana que fui a verlo ya se había ido” – le decía mientras Lorenzo agarraba su caja con los pollos que lucían algo nerviosos.

Entraron todos, esta vez Graciela y Micaela los habían acompañado, se fueron a la sala a conversar con Víctor  y su esposa Yrma.

Lorenzo siguió al patio de atrás donde estaban Iván y Hugo, aun con los ojos llorosos. Dejo a sus pollos corretear en el jardín mientras intentaba romper el incomodo momento.

“He traído mi pelota, la traigo y jugamos un rato” – se dio la vuelta para traerla.

Cuando regreso, Iván y Hugo jugaban con los pollos - niños también - ya no se les veía tan tristes. Esos pollos con caminar errante y ojos como canicas alegraban a cualquiera. Entonces apareció en la cabecita de Lorenzo una idea. Luego de comer las humitas dulces que preparo Yrma, tomo una decisión. 

Les dejaría los pollos a sus amigos, quizás si se los llevaba la tristeza les regresaría. Además ya se habían ido Uno y Tres, quizás necesitaban una casa más amplia con dos jardines como lo era la casa su tío Víctor.

“¿Nos los podemos quedar mama?” – pregunto Hugo

“Bueno, pues creo que si” – contesto Yrma.

Se despidieron esa noche con la promesa de Lorenzo de regresar para echar un vistazo a sus ex-mascotas. Cuando ya hubo subido a la camioneta, mientras Graciela aseguraba a la pequeña Micaela en el asiento para el bebe, le dijo bajito a Yrma.

“Yrmita, para que los pollitos te duren ten cuidado con las puertas”.