
La siguiente interacción que recuerdo la tuve a
los 5 o 6 años con las mascotas de mi amiguita Eli, su familia era de la selva así
que siempre tenia animales en casa: gatos, conejos, monos, - no se porque nunca
un perro – pollitos y loros.
No se si fui yo o si lo sentí muy cerquita pero si mi memoria no me falla alguno de los pollitos murió aplastado, lo único que me quedo grabado fue lo suavecitos que eran, jamás me atreví a mirar. Con los loritos la historia fue diferente, estos eran más ariscos y más de una vez mis dedos sintieron la dureza de su pico cuando quería prodigarle alguna caricia, quizás atraída por lo llamativo de su plumaje verde o rojo intensos.
Luego vino “Pato”, mi papa lo trajo del mercado
para que fuera mi mascota – al menos eso creía yo – era muy mansito y tenia un
problema estomacal porque cagaba todo el día, no se si es una característica
propia de las aves pero aparte de la agresividad de algunas, la suavidad de
otras, sus temas diarreicos hacia que me gustasen menos, aunque a “Pato” le permitía
todo.
Paso un tiempo y creció, convirtiéndose en un
pato adulto. Un domingo regresando de acompañar a mi mama de visitar a una
amiga suya, me di cuenta que el animalito no estaba; Mi papa había
preparado arroz con pato. Al principio lo extrañe y la comida me supo a suela - por un buen tiempo – pero luego olvide mis
vivencias con el buen animalito.
Crecí, me convertí en una adolescente, entre a
la universidad y en la biblioteca podíamos sacar películas independientes o
lejanas a las típicas comerciales que se presentaban en los cines limeños, así
fue como pude ver “Los pájaros” de Alfred Hitchcock, creo que ese fue el
toque final de mi incomodidad – casi fobia - hacia ellos. Sin contar los
cuervos que abundaban en la universidad y que comían la carne que los alumnos
dejaban en sus bandejas; no los quería ni cerquita, pero la vida me volvería
unir a ellos algunas veces más.
Deje la universidad, comencé a trabajar y me
mude. Mi primer departamento tenia una ventana en la habitación por donde entraba
la luz del sol, el viento frio del invierno y también los sonidos molestos de
sendas palomas que no habían encontrado mejor lugar para dormir, parlotear y aparearse
que la única vista que tenia al despertar. La única solución que encontré fue
mantener siempre las ventanas cerradas. Ayudó el hecho de que a mi primer chico
se le ocurriera enseñarme de cerquita a una de esas palomitas, pude ver que
debajo de las plumas tenían miles de animalitos, quizás por ese motivo cada vez
que me cruzo con una bandada prefiero alejarme, de la sola idea de que uno de
esos me caiga encima y le guste lo suficiente para quedarse a vivir en algún rincón
de mi cuerpo.
Uno de los primeros viajes que realice luego de
irme a vivir sola fue a Tarapoto, un grupo de amigos y yo decidimos visitar un
lugar conocido como la Laguna Azul, de azul no tenia nada, sin embargo era un
lugar muy tranquilo; hasta que llego la hora del almuerzo.
Una pandilla de polluelos se acerco a nuestras
mesas y empezó a piar, sentía sus plumas rozar mis piernas y veía sus cuellos
pelados y violáceos, de mas esta decir que el apetito se me fue, literalmente,
volando.
Justo antes de cambiar de trabajo viaje con mi
familia a Camana, una playa cerca a Arequipa, en esa época andaba muy
disciplinada con el jogging así que todas las mañanas salía a correr. Al
segundo día, a lo lejos, note una bandada de gallinazos y junto a ellos un
bulto que parecía un costal.
Con cautela avance sin bajar la velocidad pero alejándome
del grupúsculo negro-gris, a pesar de ello no pude evitar voltear a ver, un
lobo marino estaba muerto en la orilla y estos horribles pajarracos se lo
estaban comiendo, peleándose por arrancar un pellejo de mas. No pude evitar
recordar la obra de Ribeyro “Gallinazos sin plumas” y tampoco pude dejar de
correr rápido para perderlos de vista.
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El departamento en donde vivo esta dentro de
una quinta, y la gente que vive alrededor tiene costumbres, digamos peculiares.
Algunos les da por poner música fuerte, que
inunda todas las casas aledañas, ver partidos de futbol con la puerta abierta, muchos
de ellos son personas mayores con hijos ya grandes. Una de estas parejas comenzó
a arreglar su casa para ponerla en alquiler, al parecer habían encontrado un
departamento mucho mas pequeño que la casa donde criaron a los hijos.
Así pues llegaron los nuevos inquilinos, no me
parecieron personas muy confiables, papa, mama y dos niños, era usual
escucharlos discutir, por el desayuno, por la licuadora o por cualquier otro
tema intrascendente. También eran tremendamente descuidados con la casa al
punto de usar una bolsa plástica de cortina. Semanas después de su llegada pude
notar una caja colocada estratégicamente en la puerta de la casa.
Al principio no le tome mucha importancia hasta
que lo que había dentro comenzó a despertarme por las mañanas, por las
madrugadas, a cualquier hora. Un gallo de plumas percudidas vivía en esa
pequeña caja, su cresta - de rojo intenso – sobresalía de vez en cuando por el
hueco que habían “acondicionado” para que pudiera respirar.
Siendo personas hurañas nadie les decía nada
por lo ruidoso del animalito, a pesar de que cacareaba a cualquier hora. De vez
en cuando lo sacaban de la caja o el se salía solo, así que me lo cruzaba al
salir de mi casa o regresar. Algunos niños se asustaban porque el muy maldito
saltaba amenazante. Yo trataba de pasar lo mas tranquila posible, a pesar de
que la piel se me ponía de gallina, cuando lo veía con esos ojos de lunático
cacareando y saltando por doquier.
Los nuevos vecinos no tardaron en ocasionar
problemas, una mañana muy temprano escuche ruidos como de mudanza, y ese día – más
tarde – ruidos de soplete. Resulto que no habían pagado la renta y la dueña había
traído a alguien que sellara la casa para evitar – ya sin éxito porque estaba vacía
– que los impagos regresaran por algún motivo. Se llevaron todo, hasta lo que
no era de ellos, pero se olvidaron del pobre gallo, que quedo a la deriva
dentro de las cuatro paredes del hongueado cartón que le servían como casa.

Se acercaba la navidad y ese día había
regresado temprano trayendo los víveres que nos habían regalado en el trabajo,
estos venían en una maleta dentro de una caja. Con esfuerzo baje del taxi y la cargue
hasta la entrada.
Grande fue mi sorpresa cuando vi que el bendito
se había salido y andaba como “Pedro por su casa”. No me quedo otra que cargar nuevamente
la caja y avanzar lo más rápido posible. Una de las vecinas, quizás conmovida
por el desolado animalito, le estaba alcanzando maíz partido y el muy jijuna reclamaba mas comida saltando
para meterse en su casa.
Paso navidad, se acercaba año nuevo y por esos días
me puse a pensar en el ruido de los fuegos artificiales de fin de año y como
alteran estos a los animales. Ya en la playa, la ultima noche del año, me
acorde del gallo y me dio lastima pensar en lo asustado que estaría por los
ruidos y el horroroso olor a pólvora que invade el ambiente pasada la
medianoche.
Al regresar, el 2 de enero, la caja estaba vacía.
No había rastro del gallo por ningún lado, pensé que quizás aquella solidaria
vecina no había hecho más que imitar a la bruja de Hansel y Gretel y engordar a
su presa para sacrificarla en año nuevo. Lo unico que desee es que lo hubieran embriagado
bien para que su paso al mas allá haya sido lo menos doloroso posible.
Cuando se lo conte a mi mama me dijo que la carne
de gallo era muy dura, sin embargo algunas personas la consumían porque tenian
ciertas “propiedades” jamás verificadas, y que – por salud mental – no quise
conocer al detalle.
Lo extraño fue que, contra todo pronostico y durante
varias semanas me inundo una nostalgia – que aunque superficial – me hizo
imaginar más de una vez, más de un quiquiriquí.
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